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En estos atardeceres del estío, está terminando de pintar la ciudad de Madrid; la contaminación está allí, creación maligna del hombre, pero no le impide transcribir al lienzo la ciudad cansada, el sudor, el ruido de las cisternas, los nacimientos y las muertes, murmullo de voces, vaho oscuro de millones de alientos, la fatiga de los cuerpos. ¡Inmensa mole!, plasmada al final del día, cuando el sol benévolo se retira.
La ciudad. Antonio interroga a su masa, energía contenida, materia que se disolverá en la nada, melancólico sino intuido, escrito en sus lisas murallas.
La ciudad con pátina vejatoria. La ciudad que el hombre ha diseñado le dio esperanza, ahora la mancilla con su máquina de egoísmo infernal. Indefensa está ahí, podría decirnos: si mis átomos se desataran, sería una poderosa zarpa que os destrozaría(...) Esta mañana pinta una calle madrileña, calle con asombroso poderío y mansedumbre, quieta, vacía; la pinta al amanecer, en el silencio que antecede al despertar del hombre. Antonio en el centro, suelo denso de asfalto, con la mirada siguiendo las fachadas y los muros, hasta la línea del horizonte donde todo confluye. Antonio está quieto; la comprensión llega en silencio. La calle emerge humanoide, real como una enfermedad, melancólica mole, con nostalgia de nave a las estrellas.
Pinta la luz, la densidad de los muros, de las puertas y ventanas, el peso del aire, que es un cuerpo. Pinta el aire en sus recipientes, en la gran habitación sin límites que es el cielo. Pinta las fachadas con su carga de elocuencia, soldadas con el suelo, que es la tierra.
Antonio últimamente penetra más y más en lo Real, inquietante enigma.
Enrique Gran
"Sobre Antonio López" en Cuadernos Guadalimar nº 2 (Ediciones Rayuela, Madrid, 1977)
Grandes Genios del Arte Contemporáneo Español. El siglo XXI
pag. 154, Biblioteca El Mundo, 2006

A mí no me gustan los entierros, ellos lo saben.No me gusta el gesto indiferente de los sepultureros que adoptan una expresión de condolencia artificial y previsible, tan humana, cuando su mirada se tropieza con la de los deudos. No me gusta el ruido de las palas, ni la brutalidad del ataúd rozando las paredes de la fosa, ni la silenciosa docilidad de las sogas al deslizarse, ni la liturgia de los puñados de tierra y las rosas solitarias, ni esa sintaxis pomposa, fraudulenta, de los responsos.
No me gusta el ritual macabro de esa ceremonia que siempre acaba siendo tan breve, tan trivial, tan inconcebiblemente soportable, todos lo saben. Por eso estaba solo, lejos, con Mai al lado, separado de los míos y de los otros, tan lejos de los abrigos de pieles como de las chaquetas de lana y casi a salvo del ronroneo del cura que mi familia se había traído de Madrid...."
Álvaro,
Edit. Tusquets , 2007, pág. 18
COMENTARIO:
El corazón helado es la historia de dos familias, opuestas ideológicamente, marcadas por la guerra civil española. Comienza la narración en el año 2005. En el entierro de Julio Carrión, uno de sus hijos ve a una mujer desconocida. Iremos averiguando casi todo sobre su vida, como que es hija y nieta de exiliados republicanos en Francia. Lo que ni ella ni el hijo de Julio Carrión sospechan en ese momento es que van a vivir una intensa y dolorosa historia de amor, y van a ver cómo su pasado se cruza de forma dramática.
La novela nos cuenta la guerra, el exilio, el franquismo y la transición, vivida de forma distinta por las dos familias. Está relatada por los nietos y son dos los narradores que van alternando y aclarando la historia un tanto compleja y a veces repetitiva. A pesar de esto y de su, a mi parecer, injustificada extensión, logra mantener el interés. Quizás porque no cuenta la historia de aquella época, sobre la que tanto se ha escrito, sino los sentimientos de sus personajes, sus vidas.
Lo cierto es que la novela emociona, conmueve y sorprende con su desenlace.
Y detrás de todo, la novela quiere ser lo que la propia autora ha declarado en alguna entrevista: un ejercicio de memoria histórica y el intento de saldar una deuda con el bando republicano.
(J.LL.,2008)
El coche oficial con las banderitas en el capó los llevó a una estación de ferrocarril que tenía dos vías separadas por un ancho andén. A cada lado del andén se encontraba un tren esperando a que subieran los pasajeros. Como había tantos soldados desfilando por el otro lado y la alargada caseta del guardavía interrumpía la visión, Bruno sólo pudo ver brevemente a la multitud. Entonces él y su familia subieron a un tren muy cómodo en el que viajaban muy pocos pasajeros, había muchos asientos vacíos y entraba bastante aire fresco cuando bajaban las ventanillas. Si los trenes hubieran estado orientados en sentidos opuestos, pensó, no habría parecido tan raro, pero no era así; ambos apuntaban hacia el este. Tuvo ganas de gritar a aquella gente que en su vagón quedaban muchos asientos vacíos, pero se abstuvo porque intuyó que, aunque aquello no hiciera enfadar a Madre, seguramente pondría furiosa a Gretel, lo cual habría sido peor.
Bruno no había visto a su padre desde la llegada a la nueva casa de Auchviz. Poco antes había creído que quizá estaba en su dormitorio, cuando la puerta se había entreabierto, pero resultó ser aquel joven soldado antipático que había mirado a Bruno con unos ojos que no reflejaban ni pizca de ternura.
Edit. Salamandra, 2007, pág. 47
... la democracia es un sistema político que resulta incomparablemente superior a una dictadura. No lo es porque se trate del menos malo de los sistemas, sino porque un sistema que tiene como fundamento la libertad es estrictamente más humano: el que hace que la persona pueda desarrollar todas sus potencialidades, el que muestra mayor aprecio por su dignidad y el que supone que todos puedan llegar a cooperar en la tarea común. No hay, pues, sólo un superioridad funcional de la democracia sobre la dictadura sino, sobre todo y antes que nada, una superioridad ética. Cabe añadir, además, que nunca una dictadura es inevitable; siempre hay una solución a través de la cual, a pesar de todas las dificultades, los seres humanos pueden conservar la libertad en que vivieron durante el pasado; si el futuro no está escrito, menos aún el ser humano está condenado a esa privación de libertad. Una dictadura es siempre una de las peores soluciones: puede resolver un problema concreto, pero suele aplazar todos.
Edit. Altaya, 1996, pág. 355
Yo no quiero ser ningún caso, dijo desconfiado. ¿Qué le pasa a mi corazón?.
Su corazón es un libro, dijo Afrodita. antes de éste, ha tenido dos infartos. Se ve en las cicatrices. Los doctores no se explican cómo ha salido adelante sin atención médica. ¿Usted no se acuerda? Tuvo que sentir cómo se le iba el hilo de la vida.
Alguna vez sí que se me olvido respirar, sí.
¿Y qué hizo entonces?
Tirar del aliento. Tuve que tirar del aliento. Y sacarme las herraduras de la muerte.
Polca,
Edit. Alfaguara, 2006, pág. 585